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Habitantes de la calle: gran orgullo del Festival de Poesía Inédita Ciudad de Cali

Los rostros adustos y curtidos de calle que esa noche visitaban el teatro Jorge Isaacs de Cali, de un momento a otro, se transformaron en caritas felices, radiantes y sonrientes. La magia la hizo la poesía.

Esos 10 juglares de la “selva de cemento” -dueños de los cambuches y andenes de la ciudad- estaban poseídos por Calíope y Erato, inspirados por Clío, inundados por Euterpe, movidos por Terpsícore y Talía; mientras de su alma emergían los recuerdos de Melpómene para ponerlos en boca de Polimnia y aventurarse a la nueva vida de placeres que les predecía Urania, la última de las nueve musas de la mitología griega que eran las invitadas de honor al decimotercer Festival Internacional de Teatro de Cali 2018.

Ver allí, sobre las tablas de un escenario reservado para los dioses a unos seres condenados por la sociedad por el único delito de haber caído en las drogas, recitando sus propios poemas, era de no creer.

“El esfuerzo de la administración del alcalde Armitage de apoyar la poesía en Cali valió la pena. Le devolvió la vida a un grupo de personas que se sentían anónimas y despreciadas. Eso no tiene precio”, dijo el escritor y poeta Omar Ortiz, uno de los jurados del evento.  

Fiel a su léxico, pero con profundo convencimiento, la habitante de calle Sandra Molina exclamó: “La poesía es un pedo que sale con inspiración, es la esperanza viva de cualquier matica verde que crece con amor, es el ejemplo de las lágrimas que botamos y las sonrisas que regalamos, porque la calle es cruel, es un fantasma que se apodera de uno en la noche, con violencia”.

Sus compañeros en el indolente asfalto: Julio César Patiño, Jaime Córdoba, Francisco Zabala, Hernando Marín, Diego Sepúlveda, Hernán Celis, Harrison Desalle y Eddie Caicedo, a pesar de su inspiración y de estar rodeados de las musas, no pudieron abandonar el recuerdo trágico del 2 de abril de 1992 y el 31 de diciembre de 2009 cuando la intolerancia acabó con tres de sus amigos y 56 más debieron ser hospitalizados.

Ese 2 de abril, en la carrera 15 entre calles 22 A y 23, en la entonces estación de gasolina Esso, explotó un triciclo en el que se vendía mazamorra, en cuya olla se encontraban 10 kilos de dinamita amoniacal dirigida a agentes de la Policía. Y ese 31 de diciembre, en la carrera 12 con calle 14 del barrio San Pascual, les repartieron natilla y buñuelos amasados con vidrio molido y cianuro.

“Hay gente perversa. Nos ven en la mala y quieren acabarnos en vez de ayudarnos. Nosotros somos seres humanos que en algún momento de nuestras vidas fuimos débiles con el vicio y hoy con esfuerzo estamos superando ese escollo. Lo único que pedimos es respeto, comprensión. Espacios como estos, donde nos dejan expresar y nos valoran, son los que necesitamos”, decían.

Hoy en día, Julio César se siente útil. Ya no consume drogas. Dice que se cansó de darle plata al jíbaro para que se haga más poderoso y que ahora quiere que su mamá lo vea para que sepa del cambio que tuvo. Francisco le agradeció a Samaritanos de la Calle, el haber creído en él y en haberle descubierto su talento para escribir.

Y así, cada uno fue narrando su historia de vida, las cuales recopilaron en un poema escrito a 20 manos en la que se plasmó el grito desgarrador que se convirtió en verso:

 

Existe una Cali triste, la Cali que hemos vivido

Es el sopladero, donde una y otra vez lo hacemos

Triste porque huele a casa

Es una Cali cruel donde nadie quiere a nadie

Y sus casas fantasmas se derrumban

La calle es la sala; el andén, el dormitorio;

El armario queda en el basurero y cualquier costal o pajonal, es la cobija.

Hay mucha gente en esta ciudad, muerta

Muerta de ira, de rencor, de insensatez e inhumanidad.

Todos tenemos un vicio: un vicio de comer, de dormir, de soplar su propio Calvario

Quizá sin señalarnos, no estemos tan perdidos.

 

Quizá los más sorprendidos fueron los mismos organizadores del decimoctavo Festival Internacional de Poesía, pues en la convocatoria para el decimotercer Concurso de Poesía Inédita Ciudad de Cali, habían incluido a las personas privadas de la libertad, a los niños, a los jóvenes, a los adultos y hasta a los poetas reconocidos, pero no a una población “fantasma”.

El organizador, Juan Fernando Merino, miraba a la secretaria de Cultura, Luz Adriana Betancourt; ésta a su vez, a la directora de la Red de Bibliotecas, María Dolores Martínez. Ninguno salía de su asombro, el cual era más grande que el de haber recibido este año 1.374 trabajos cuando la cifra más alta en la historia no superaba los 800.

Y justificaron esa apoteósica noche reconociendo el trabajo de los diferentes grupos poéticos y tertulias de Cali, quienes visitaron tres centros penitenciarios en Jamundí y Cali para dictar cátedra a los internos; ofrecer recitales especiales, eventos al aire libre y talleres virtuales en la Red de Bibliotecas Públicas de Cali, en las instituciones educativas, la Universidad Santiago de Cali, la Universidad Cooperativa, el Museo de Arte Moderno La Tertulia y la Casa Obeso Mejía.

Todo salió a la perfección. El lema ‘La poesía donde menos lo esperas’, se cumplió al pie de la letra. Y desde ya se prepara la versión número 19 del Festival y número 14 del Concurso, en los que, seguramente, el libro que se imprimió con los 50 poemas de los niños ganadores de su categoría, tendrá un sitial de honor en las carpas que cada año visten de fiesta los alrededores de la Alcaldía de Santiago de Cali.

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