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Mujeres de Humo, un legado de la cocina tradicional mexicana que alimenta el alma

Rindiendo honor a las mujeres ancestros que han dejado su espíritu en forma de humo, la tradición culinaria, las recetas antiguas, el conocimiento milenario y la raíz espiritual, llegaron a Cali Martha Soledad Gómez y Eloy Núñez para recordarles a los colombianos que el alimento, no solo es para alimentar el cuerpo sino también el alma.

Aterrada y llena de interrogantes por la tierra que visitaba por primera vez, llegó a la capital vallecaucana y más exactamente al Bulevar del Río, Martha Soledad Gómez Atzin una mexicana de pura cepa que luciendo con orgullo sus trajes típico de falda y blusa con bordados, un pequeño poncho triangular que cubría su pecho y un tocado en forma de flor en su cabello, inició su charla sobre ‘Las Mujeres de Humo’ ante los asistentes de la Feria Internacional del Libro:

“De verdad que es un gusto estar aquí con ustedes y conocer a Cali que como bien dice su nombre es cálida y muy alegre. Con Eloy y el chef hemos venido a dejarles los aromas y sabores de México para que queden impregnados en ustedes y también los puedan conocer por este libro ‘Las Mujeres de Humo’ que nos enorgullece y emociona que sea una realidad, porque en la vida de las cocineras se escribe siempre una página y las mujeres somos las que le damos la vida a la cocina”.

Desde hace 35 años con su colectivo Martha Soledad inició un trabajo de campo y de investigación logrando reunir consigo a las mujeres y abuelas que se mantenían con vida de su comunidad Totonaca, porque ella veía que la gente “comía, por comer” y ellos debían conocer o recordar que los alimentos tiene una ritualidad, un poder sanador y son ofrenda en las festividades de su pueblo.

“Al principio no fue fácil, la gente estaba como en  un stop, se había dejado entrar a nuestras tierras comidas con químicos que hacían más cómoda la vida por sus quehaceres de realizaba la gente, lo que me hacía muy triste. Así que cuando me di cuenta que nuestra comida estaba llena de magia, espiritualidad y tradiciones, inicié mi lucha para que se reconociera una parte importante de nuestras vidas, empecé hablar con la gente, con las mujeres de la importancia de preparar los alimentos, el sembrar y cosechar. Les hablé de la longevidad de nuestros abuelos que ellos morían de viejos y no por enfermedades, porque en nuestro pueblo la edad máxima de vida era de 70 años y morían enfermos, mutilados y con diabetes”.

La tarea de Martha Soledad fue ardua y en el llamado de sus raíces padeció la inclemencia de la naturaleza que para el año de 1.999 inundó su casa, su tierra y aquel museo comunitario donde conservaba las muestras de elementos propios de la cultura Totonaca, donde dictaba clases de bordado, alfarería, pintura y cocina. Un desastre, un fatídico hecho que también cobró la vida de su hermano, quien le había ayudado hacer una realidad sus sueños de buscar la preservación de su cultura y herencia ancestral en ‘La casa de la máscara’.

“En medio del dolor nos tocó empezar de la nada, vivir en casas de palo de bahareque y volver al monte a recoger lo que íbamos a comer. Fue la oportunidad que me dio Dios y los dioses para reencontrarme con la naturaleza, fue sentir el llamado de no perder el camino que ya me había trazado y fue así como participe en el segundo ‘Festival Cubre Tajin’ un espacio para mostrarle al mundo todas nuestras costumbres, la cultura Totonaca y los poderes que tiene el maíz a la tortilla en nuestras vidas”.

En próximos días será la celebración en México del ‘Día de los Muertos’ o ‘Ninin’ fecha en la que contó doña Martha, se realizan ofrendas a sus muertos, de tamales o de chocolate, que primero y antes de empezar sus preparaciones ,se debe bendecir los fogones, se debe pedir permiso al fuego, al aire, a la tierra, al agua, a Dios y a los dioses, para luego pasar al ritual de lavarse las manos con aguardiente y sahumarse para estar puros y listos, para no “cocinar, por cocinar” y recibir a sus muertos que vienen a visitarlos como cada año.

“Por ejemplo entre nuestras recetas para las madres que recién paren su hijo, a los cuatro días del recibimiento se les prepara un caldo de gallina de rancho, con un chile que se llama chi de pil y una tortilla tostada, para luego hacer el ritual en el que se casa al niño con un espíritu fuerte, se ofrendan tamales, se le pone anís y algo de tomar; se le pone jerez, sus velas, se limpia y con la gorda del maíz se limpia el niño a la madre para luego quemarlo, porque sí había algo malo al nacer el niño, algún demonio o algún ser oscuro quería agarrar a niño o a la madre, ahí se quema todo. Quedando el niño protegido, para luego ofrecerle a la gente que presenció el nacimiento el atole de canela; que es masa cocida, con piloncillo y una raja de canela”.

Ahora Martha Soledad Gómez cuenta nuevamente con un proyecto que recibe el nombre de ‘Centro de las Artes Indígenas’ donde se reúnen 16 casas entre las que hay alfareras, pintoras, algodoneras, cocineras, músicos y hasta hay mujeres que hablan “la palabra”, un lugar donde se están formando niños y jóvenes de acuerdo a la lectura que hacen las parteras al nacer el niño; cuando cogen el cordón umbilical y lo leen para saber que será la persona en el futuro, porque todos nacen con un estaco, una estrella que es el don y la luz de cada ser. Como ella que conserva enterrado en el fogón de su casa materna, su cordón umbilical, el mismo que alumbró sobre sus hechos y proezas que hoy la trajeron a Colombia como una de ‘Las Mujeres de Humo’.

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